Cuba: la gasolina, el carbón y la brecha que desgarra una nación

La espera en la gasolinera Los Pinos se ha convertido en un símbolo de la creciente desigualdad en Cuba. Mientras algunos se abastecen con tarjetas de crédito extranjeras, otros se resignan a cocinar con carbón, en un país donde la escasez se ha normalizado y la esperanza se diluye con cada apagón.

El juego de las colas y el precio de la gasolina

El ritual es el mismo cada día: una fila caótica de coches, un sistema improvisado para recordar quién va delante y detrás, y la constante amenaza de que la electricidad se corte, dejando a todos varados. Los Pinos es solo una de las pocas gasolineras estatales que, cuando la luz lo permite, ofrecen combustible a precios que pocos cubanos pueden pagar. El combustible, reservado principalmente para coches de alquiler, se vende a un dólar y diez centavos por litro, un lujo inalcanzable para la mayoría.

La aplicación oficial de reservas es una burla: una lotería con pocas posibilidades de éxito. Incluso si se logra conseguir una cita, el precio sigue siendo prohibitivo. El salario promedio estatal, alrededor de 6.500 pesos al mes, se traduce en apenas 15 dólares al tipo de cambio no oficial, una cifra irrisoria comparada con el coste de llenar el depósito.

Pero hay un detalle que pocos cubanos pueden permitirse: el mercado negro. Los precios de la gasolina en el mercado negro se han disparado, alcanzando los 6.000 pesos por litro en algunos lugares, una realidad que ha obligado a muchos a buscar alternativas desesperadas.

Cortes de luz, cocina a carbón y la desaparición de las raciones

Cortes de luz, cocina a carbón y la desaparición de las raciones

Los apagones son cada vez más frecuentes e impredecibles, afectando especialmente a las provincias del centro y este de Cuba. La brecha entre las zonas urbanas y rurales es abismal: mientras algunos disfrutan de electricidad durante la mayor parte del día gracias a su cercanía a hospitales o bases militares, otros se ven obligados a cocinar con carbón, un activo que se intercambia por precios exorbitantes.

La tarjeta de racionamiento estatal, antaño un salvavidas, se ha vuelto inútil. La carne y el pescado han desaparecido de las estanterías, y los productos básicos se limitan a dos libras de arroz, una libra de azúcar, un panecillo pequeño y cuatro cigarrillos sin filtro, que muchos venden en el mercado negro para sobrevivir.

La economía privada y la profundización de la desigualdad

En medio de este caos, algunos cubanos han logrado prosperar gracias a las empresas privadas, que operan con mayor eficiencia que el Estado y tienen acceso a la economía dolarizada. Estos emprendedores pueden permitirse el lujo de comprar aceite de cocina y carbón, mientras que la mayoría de la población lucha por conseguir alimentos básicos.

La reciente medida del gobierno de permitir la importación de combustible por parte de empresas privadas ha abierto la puerta a un nuevo escenario de incertidumbre y posibles fraudes. Se espera una proliferación de empresas fantasma que intentarán eludir las regulaciones, lo que podría generar aún más caos y desigualdad.

Guantánamo: un reflejo de la desesperación

La provincia de Guantánamo, una de las más pobres de Cuba, es un claro ejemplo de la desesperación que se vive en el país. Los salarios estatales están por debajo del promedio nacional, las oportunidades de participar en empresas privadas son limitadas, y la mendicidad se ha vuelto común. Sin embargo, la isla cuenta con una rica tradición agrícola y fuertes lazos con el extranjero a través de las remesas, lo que proporciona un pequeño respiro a algunos habitantes.

En la capital provincial, Downtown Bar es un oasis de prosperidad, donde se sirven abundantes platos de cerdo y pollo a precios elevados. Pero al otro lado de la calle, en el barrio de San Justo, las calles no están pavimentadas, la electricidad es escasa y los residentes cocinan con carbón, un reflejo brutal de la profunda desigualdad que desgarra a Cuba. La situación actual, según quienes recuerdan el “período especial” tras el colapso de la Unión Soviética, es aún más grave, dejando en claro que la crisis cubana ha alcanzado un punto de inflexión.