El día que los militares jugaron con el destino de argentina

El 18 de marzo de 1962, Argentina se preparaba para unas elecciones que, a la postre, marcarían un antes y un después en su turbulenta historia. No se trataba solo de elegir diputados y gobernadores; era un tablero de ajedrez donde las piezas eran el gobierno de Arturo Frondizi, el peronismo proscrito y, sobre todo, las ambiciones de las Fuerzas Armadas. Un clima de tensión palpable envolvía al país, mientras las potencias se disputaban el control del tablero político.

La sombra de perón y el descontento militar

Arturo Frondizi, un abogado correntino de 50 años, había asumido la presidencia en 1958 con la promesa de modernizar la economía y estabilizar el país. Pero su gestión, marcada por la confrontación con el Congreso y la creciente injerencia militar, lo había convertido en un hombre solo. Los militares, inquietos por el acercamiento de Frondizi a Cuba y a figuras como Ernesto Che Guevara, veían en las elecciones una oportunidad para imponer su propia agenda. El fantasma de Juan Domingo Perón, exiliado pero omnipresente, se cernía sobre todo, alimentando las expectativas y las divisiones.

El slogan “Framini, Anglada, Perón a la Rosada” resonaba en las calles, desafiando la proscripción peronista. Andrés Framini, candidato peronista, y Marcos Anglada, su compañero de fórmula, representaban una amenaza directa para el oficialismo. La muerte prematura de Crisólogo Larralde, candidato a gobernador bonaerense, desestabilizó aún más la situación. Larralde, un interlocutor clave con el radicalismo, cayó fulminado por un ataque al corazón, dejando a Frondizi sin un aliado importante en la provincia más poblada del país.

El movimiento de mesa y la apuesta final

El movimiento de mesa y la apuesta final

Perón, desde su exilio, jugaba con maestría las cartas. Primero, instó a sus seguidores a votar en blanco, un gesto que, paradójicamente, había beneficiado a Frondizi en 1957. Pero la tentación de presentarse, de desafiar abiertamente al gobierno y forzar su proscripción, era demasiado grande. La jugada maestra fue la candidatura de Perón a vicegobernador bonaerense, acompañada de Framini, quien amenazó con retirarse si Perón era vetado. Este anuncio sacudió a la clase militar, que había prometido a Alfredo Vítolo, ministro del Interior, no permitir la restauración del peronismo.

La respuesta fue contundente: el gobierno prohibió la candidatura de Perón, alegando su estado de rebeldía. La Unión Popular, el partido peronista, se presentó con Framini y Anglada, confiando en el apoyo de Augusto Timoteo Vandor, poderoso líder de la UOM, y en el fervor de las bases peronistas. Sin embargo, Framini carecía del apoyo de la clase media y, lo que era más grave, no contaba con la simpatía del Ejército.

El golpe silencioso y el fin de una era

El golpe silencioso y el fin de una era

Los resultados de las elecciones, aunque favorables al oficialismo en algunas provincias, revelaron la enorme fuerza del peronismo en Buenos Aires. Ante la inminente crisis, los militares exigieron la anulación de las elecciones, la intervención de las provincias y el cierre del Congreso. La negativa de Vítolo a ceder a las presiones militares desencadenó su renuncia y un intento de reorganización del gabinete por parte de Frondizi.

Pero el destino estaba sellado. El 24 de marzo, el general Pedro Eugenio Aramburu, quien había derrocado a Perón en 1955, le exigió a Frondizi que dimitiera. El presidente se negó, desafiando a los militares. Al día siguiente, Frondizi fue depuesto y encarcelado en la isla Martín García, un nuevo capítulo en la historia de golpes militares que asolaron a Argentina. La clase política, dividida y desarticulada, no pudo evitar el desenlace. La promesa de estabilidad institucional se desvaneció en la noche oscura del 28 de marzo, dejando al país sumido en la incertidumbre y la desconfianza.

La historia de Frondizi y Perón es un espejo roto que refleja las contradicciones y los traumas de una nación en busca de su identidad. Un recordatorio de que la democracia, frágil y vulnerable, requiere de una ciudadanía activa y de instituciones sólidas para resistir los embates del autoritarismo.